Sarajevo, entre la belleza y el horror

21 Dic 2009
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Por María Chuecos

En pocos minutos habremos llegado. Después de un largo viaje desde Mostar, y tras pasar engorrosos controles policiales, recibimos nuestra recompensa: pisar Sarajevo, esa gran desconocida para el viajero medio occidental, acostumbrado a patear calles más ‘glamourosas’ como las de París, Londres o Roma.

sarajevo-foto-verticalUn soplo de inquietud te invade cuando ojeas las afueras de una ciudad que, a penas hace quince años, estuvo asediada por una guerra que la dejó irreconocible.

Sarajevo es una simbiosis de belleza y horror, destrucción y reconstrucción, de la muerte y la vida en su estado más puros. Caminando por sus afueras descubres las heridas de la historia más reciente, ésa que volcó su rabia en forma de balas y granadas. Avenidas cercadas por edificios perforados de metralla en cuyo interior cientos de familias intentan llevar a cabo de nuevo una vida normal.

Sarajevo nunca sucumbió al terror; ha sabido levantarse para caminar erguida hacia delante.


Caracterizada por sus muchos contrastes, deja atónito al europeo occidental por el cóctel de culturas que perviven y comulgan en sus barriadas. La prueba está en que una misma calle de la ciudad alberga un ‘collage’ de sinagogas, mezquitas e iglesias cristianas o protestantes.

Son muchos los fieles- musulmanes, en mi experiencia- que llevan a cabo sus oraciones rodeados por avalanchas de turistas que no quieren dejar de inmortalizar la escena. No importa, ellos están acostumbrados, y por eso te invitan a conocer su lugar sagrado una vez acaben la última oración del día. La llamada ‘Jerusalén de Europa’ brilla por su tolerancia y su naturalidad, un lugar en el que no existe ‘el otro’ sino la suma de cada uno.

Sarajevo es una simbiosis de belleza y horror


sarajevo-turismo-viaje-escapada Cementerio de Sarajevo El cielo de Sarajevo

Adentrarse en el casco antiguo -o Stari grad- y dejar atrás los bloques agujereados y grises de las afueras no es más que la mayor de las sorpresas para el viajero que explora esta ciudad por primera vez. Sus calles empedradas, sus casitas bajas de madera, de piedra y sus interminables comercios de abalorios confieren a la escena el encanto de una postal cuya herencia –con primacía turca- hacen pensar que acabas de zambullirte en una ciudad totalmente nueva.

El color de sus cafés, adornados en su mayoría con tapices y mobiliario árabes, sus terrazas, la mezcla de músicas (la plaga-Jackson atrapó también al joven propietario de uno de ellos, que ponía sus discos sin parar, aunque las sintonías bosnias eran la tónica predominante) y los olores a búrek y cévapcici –las dos especialidades del país por excelencia- son el compendio perfecto que diseña el rostro de una ciudad mágica, moderna, adaptable y sin complejos.

Sarajevo se abre exultante al mundo tras su resurrección. Prueba de ello es, además, la sorprendente vida nocturna que confiere a la ciudad un aspecto bipolar que no pasa desapercibido. Son muchos los jóvenes que disfrutan de sus bares de copas zambullidos en un ambiente hechizante hasta el amanecer.

La capital bosnia no defrauda. Hipnotiza. Pasado y presente convergen a diario en sus calles dando la mejor lección de sabiduría al fantasma de la intolerancia. Si bien es imposible no respirar la crudeza de la guerra (el increíble cementerio musulmán situado sobre una de las colinas alude directamente a su pasado atroz), caminando por ella te empapas del aroma de un porvenir que se dibuja resplandeciente y que se abre con fuerza al exterior. De camino a la estación, ya de vuelta, no puedes evitar girarte y sentir cómo una gran parte de la historia reciente queda tras de ti. En ese momento piensas que merece ser descubierta.


El increíble cementerio musulmán situado sobre una de las colinas alude directamente a su pasado atroz

La población de Sarajevo es muy abierta Sarajevo Edificio en ruinas en Sarajevo

 

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1 comentario

  1. Juan dice:

    Gran reportaje! Imagino que en la aduana pasaron un buen rato

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