Domingo. Exterior noche. Lluvia.
Descubro que la dignidad me dura hasta que salgo a la calle: ¡maldita lluvia, maldito Madrid! Los 500 m hasta el Teatro Real se me hacen eternos; una carrera de obstáculos para un vestido largo con tacones: charcos, socavones, resbaladizas calles cuesta abajo. Es una noche de lluvia en Madrid y sí tenemos sitio a dónde ir, pero ¡lo que cuesta llegar! Y, por supuesto, todas las puertas están cerradas.
“No, por aquí no, tiene ustedes que ir por el lateral” Pero si no hace falta que se explique, jefe: ¿cómo voy a entrar yo por la misma puerta que Imanol Arias, que está aquí, al ladico mío? Primer ¡ay! de la noche.
Nos acercamos a la puerta principal. No veo nada, sólo oigo pitidos y consignas de los manifestantes. Jugamos a acertar quién está entrando en cada momento por los decibelios del griterío.
Domingo. Interior noche. Teatro Real.
Entramos por el lateral. “Espera, Juan Antonio, antes de subir vamos al hall”.
Bueno, al ¡¡¡¡jaaaaaarrlll!!!, porque así, nada más llegar y que recuerde: Pepe Sacristán que se choca con Reyes, Ana Álvarez (guapa no, lo siguiente), que estuvo en el FICC y a la que Reyes saluda, se preguntan por los hijos, ya saben, esas cosas que te hacen creer por un momento que tú perteneces a la misma tribu, Álvaro de Luna y su encantadora mujer, a los que Reyes también saluda (¡que sí, que somos de los vuestros!), Massiel, enanica, todo cabeza y tetas, Roque Baños (“Señor Baños, mucha suerte”), Alberto Iglesias, Albert Espinosa, Eduardo Campoy, director de la Academia de Cine (momentazo, es íntimo de Porto y nos lo presenta)… empiezo a hiperventilar.
Ocupamos nuestros asientos del anfiteatro. No veo una leche; compruebo que en las entradas aparece el diagnóstico de un oculista: visibilidad reducida.
Me da lo mismo, yo hubiera visto la gala en directo aunque fuera colgada de una lámpara. Delante de nosotros se sienta Miriam Ocáriz; no la reconozco con el pelo largo. Por cierto, que Leonor Watling lleva un diseño suyo que no le favorece nada. Mientras, en la pantalla central vemos imágenes de la entrada; aparece Sinde junto a de la Iglesia: carcajadas entre el respetable ante la cara del dimitido Presidente. Me gusta mucho el Jesús del Pozo de Sinde.
Comienza la gala.
Buenafuente se mueve por el escenario y mi vista empeora; paso de “reducida” a “nula”. Dos pantallas en los laterales intentan curar mi ceguera momentánea, pero ni el doctor Barraquer ni ná, porque de vez en cuando se olvidan de emitir la señal. . Estoy sentada justo al lado de la mesa de control; por los pinganillos se oyen frases muy propias de los de realización de estos eventos tales como “me cago en la puta”, “vaya una puta mierda”, “pero ¿qué coño estáis haciendo?”, “vamos, vamos, vamos, que se nos escapa” y sobre todo “¡a Maragall le suena el móvil, a Maragall le suena el móvil”!
Definitivamente, la gala se ve mejor en casa, con tu cigarrico, tus zapatillas y tu vodka con tónica. No sé dónde meter las piernas, me arrepiento de no haberme puesto el Tena Lady, hace calor y tengo hambre. Pero soy feliz.
Álex de la Iglesia suelta su discurso. Pocos aplausos en el Real; por cierto, tras la emisión de cada video por lo bajini se oyen aplausos pregrabados que se mezclan con los del público.
Porto se emociona al ver las imágenes de los compañeros que ya no están, también durante el discurso de Mario Camus, Goya de Honor y gran amigo suyo (han trabajado juntos en diversas ocasiones). Se ríe al ver a Sinde (“Salió en mi primera película - Boris- ¡con 45 días! Su padre la llevó al rodaje sin que lo supiera su madre”) y nos ameniza la gala con comentarios jugosísimos e irreproducibles. Desde aquí propongo a Porto como tertuliano para el Sálvame Diario; va a dejar en mantillas a Charo Vega.
El personal comienza a aburrirse y se dedica a mandar mensajes. Yo no tengo casi cobertura.
Sale Juanjo Puigcorbé con Rosa María Sardá. Temo por la vida de Emilio Aragón, que está en la platea a puñetazo y medio de Puigcorbé.
Termina la gala. Quiero verla en mi casa a ver si me entero de algo. Reyes ha ganado la porra.
Domingo. Interior noche. El cóctel.
¡Al fin, un aseo! Restauradas y con 500 ml menos de líquidos, bajamos a la segunda planta. La hiperventilación pasa a ser fibrilación.
“¡No proceso, Reyes, no proceso!” es la frase de la noche; soy incapaz de acumular tanta información mientras escaneo la sala: a mi derecha Antonio de la Torre, y de ahí y en ángulo de 180º Alberto Ammann, Hugo Silva, Icíar Bollaín, Paul Laverty, Carlos Santos, Laia Marull, Marina Gatell, Lucía Etxebarría con el acompañante más estiloso de la noche, María Luisa San José, Isabel Prinz, Dafne Fernández, Xabier Elorriaga (altísimo), María Comas, la niña ganadora del Goya por Pa negre… ¡y Yola Berrocal! (mira por dónde, no soy la única impostora) Y (otra exclamación) ¡un tío en chándal! que no era Óscar Jaenada.
Me da miedo sacar la cámara y avergonzar a Porto; el pobre no entiende que estemos tan emocionadas. “¡Pero si son gente normal, coño!”, me dice todo el rato. Hombre, lo de Ammann no es normal, señor Porto. Y lo de Hugo Silva, tampoco.

Anda, pero si conozco a alguien: Pablo Blanco, montador y productor que ha estado en el FICC este año. Lo saludo dándome el pisto. Manolo Zarzo se nos presenta presumiendo de segunda esposa: Zarzo tiene 78 años y su mujer (morena, alta, guapetona) rondará los cuarenta (aquí pisto nos damos más de uno). Me giro: Trueba ve a Juan Antonio Porto y se para a hablar con él (“ha sido alumno mío”, nos dice después Porto). Me muero.
La comida no aparece por ninguna parte y servidora ya se ha echado tres cervezas al estómago vacío. Ya sé que dedicarse al cine y pasar hambre es la misma cosa, pero se están torrando. Aparece un camarero: “Por favor, pasen al salón Goya donde estamos sirviendo unos aperitivos”.
Y en el salón Goya: Trueba charlando con Mariscal (Goya al Mejor Largo de Animación por Chico y Rita), Leire Pajín (de esta muchacha no digo nada, sólo aporto el enlace del Facebook y el comentario de Reyes acerca de sus zapatos rojos) y Pasqual Maragall. Nos ponemos de cháchara con el productor de Bicicleta, cuchara, manzana (Goya al Mejor Documental), encantador, que nos hace una foto con Mariscal. Reyes, al quite: “Hemos puesto su película en el FICC”.
Tengo el Goya a dos centímetros: en tres segundos ideo un plan perfecto para robarlo; en dos, lo desecho. Efectivamente, no me cabe en el bolso. A los próximos Goya voy con un shopping bag y que le den por saco al estilismo.
Otro momentazo: aparece ¡Fernando Chinarro! Sí, sí, el Señor Chinarro de “Los payasos de la tele”.
Me abalanzo hacia él para hacernos una foto (“lo de la fama de este hombre es increíble”, afirma su acompañante, que por lo visto no sabe que es el ídolo de una generación) mientras que por el rabillo del ojo miro por si aparece Puigcorbé persiguiendo a Emilio Aragón y, con Chinarro, ya tenemos el episodio de hoy.
Tras el chinarrazo me tiro a por los canapés, mejor dicho, me tiro los canapés: una masa de morcilla con manzana cae sobre mi vestido. Con un donaire entre Santurce y Bilbao, me arremango la falda luciendo las pantorrillas. Reyes ya no puede comerse ni un petit four más, Porto comienza a dar señales de cansancio y decidimos que es el momento de irnos. Todavía nos da tiempo a que Porto ayude a Carmen Alborch a ponerse el abrigo.
En la puerta, Lola Dueñas pide un taxi. “¡Lola, Lola!” “Ay, que te he quitao el taxi!” “Que no, que sólo quería decirte que te adoro” “¡Qué bonica, dame dos besos!” Muac, muac. “Pero ¿seguro que no quieres el taxi?” “Que no, Lola, gracias” “Pues nada, hasta luego. A la Plaza de Santa Ana, por favor”. Y ahí perdí la oportunidad de colarme en un fiestón, porque un “Lola, compartimos taxi” hubiera quedado estupendo, pero mi falta de reflejos es antológica. Veo a Lola Dueñas de cerca y la cámara no le hace justicia, es muy bonica.
No se me va de la cabeza la imagen de María Navarro. Los misterios de la genética.
Porto se va y nos deja felices, un poco piripis (yo me despido hasta de los técnicos del Teatro Real), y volvemos andandico al hotel.
Domingo. Interior noche. El hotel.
Luis duerme como un bendito. En plena euforia goyesca y sin nadie con quien comentar la jugada, me dedico a enviar mensajes.
Lunes. Exterior día. El retonno.
Llamo a Telefónica para que me prohíba mandar mensajes a partir de las tres de la mañana. Nos entonamos con un chocolate con churros, y al ladico del hotel me encuentro con Escaleto (esto es sólo para los fans irredentos de “Sálvame”; ellos sabrán quién es). Va por la calle en la que vive J. J. Vázquez; lo mismo va a despertarlo con unos croissants rellenos de Obegrass y las audiencias del De Luxe.
Pasamos a ver a Sonia un momento antes de irnos (un beso, guapa). En el coche, llamadas y más llamadas: “¿Qué taaallll?”. “¡Fenomenaaaalll!”. Me llama Porto: “Oye, que ayer no me acosté hasta que me acordé del título de la película de Camus. Era La vieja música, que lo comprobé en los libros”. Me suena raro lo de “lo comprobé en los libros”; ni Wikipedia ni leches, “los libros”. Qué rápido nos acostumbramos a lo nuevo, porque mi Larousse ilustrada duerme el sueño de los justos en una estantería.
En casa, y en pleno proceso de desgoyización acelerado por un “¡Mamá, hazme la cena!”, leo que Álex de la Iglesia ya está rodando a esa misma hora en Cartagena. Lo de este tío es increíble. Igual que lo mío: he estado en el 25 aniversario de los Goya. Pellízquenme.
Todas las fotos de los Goya 2011
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Iñaki, le nombro Presidente.
Es mucho más que mitomana. Va camino de ser un mito. Me pido presidente del club de fans de Rosa Palo
Qué mitómana eres tía!