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El origen del planeta de los simios no esconde sus intereses comerciales ni su aire de blockbuster veraniego, pero sin evitar los clichés de cualquier superproducción, va más allá ofreciendo emoción, entretenimiento y un gran espectáculo visual, una auténtica sorpresa.
Siguiendo la tendencia de mirar a éxitos pasados, y en un momento donde la industria hollywoodiense sigue demostrando falta de originalidad en sus proyectos, toca la revisión o el relanzamiento (a pesar del fracaso hace una década del fallido remake de Tim Burton) de la saga comenzada por El planeta de los simios de Franklin J. Schaffner (1968).
La novedad de la propuesta es hacer una precuela de la historia original, partiendo del mítico final de la primera entrega, bajo esa premisa los guionistas Amanda Silver y Rick Jaffa construyen una interesante trama que sirve como perfecta explicación a la revolución de la evolución humana a través de la búsqueda de un laboratorio farmacéutico de un remedio contra el Alzheimer y su experimentación con animales.
Dirigida con precisión por el casi desconocido Rupert Wyatt (The escapist), y con una gran factura técnica, el mayor atractivo del film reside en su factura visual, donde siguiendo la técnica de captura del movimiento (una vez más con la colaboración del actor Andy Serkis), se han creado los primates con efectos digitales de gran detalle, convirtiéndolos en las auténticas estrellas de la película, sobre todo en su espectacular tramo final.
Junto a ellos el reclamo de actores populares y correctos en su trabajo (a pesar de lo superficial de alguno de sus personajes) como James Franco (127 horas), Freida Pinto (Slumdog millionaire) o Tom Felton (de la saga Harry Potter), junto a los veteranos Brian Cox (El caso Bourne) y John Lithgow (El mundo según Garp).
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