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Poco a poco, con un peculiar estilo, y con apenas cinco títulos en su filmografía, el director y guionista Alexander Payne se ha convertido en un referente dentro del cine americano actual. Los descendientes, su esperada y última película, confirman las expectativas generadas sobre un cineasta único que sigue evolucionando y sorprendiendo.
Adaptando la novela Kaui Hart Hemmings, el punto de partida del argumento no ofrece ninguna novedad temática: un abogado absorbido por su trabajo tiene que replantearse su vida, sobre todo familiar, después de que su mujer quede en coma a raíz de un accidente.
Pero en las manos del responsable de títulos como Election o Entre copas, la cosa cambia; lo que presumiblemente podría ser un gran dramón se convierte en una historia cargada de humanidad, donde se fusionan lo cómico y lo dramático sin ningún esfuerzo aparente a través de un arriesgado tono que resulta tan real, que parece inverosímil.
Ese es el gran acierto de Payne, no sólo como realizador si no como guionista (junto a Jim Rash y Nat Faxon): convertir la historia más desgarradora en una comedia ligera donde sus brillantemente planteados personajes muestran sus flaquezas y evoluciones a través de conflictos y relaciones familiares.
El peso del film, y también su carisma, recaen sobre un brillante George Clooney que borda el papel de padre desesperado ante los cambios de su entorno, y junto a él la revelación de la película Shailene Woodley (conocida por la serie Vida secreta de una adolescente), la debutante Amara Miller y un nutrido grupo de secundarios como Judy Greer, Robert Foster, Beau Bridges o Nick Krause.
Los descendientes cuenta con 5 nominaciones al Oscar incluidas mejor película, director y actor.
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